Las nuevas profesiones son como las brujas en Galicia. Muchas veces hemos escuchado: "Yo no creo en las meigas, pero haberlas haylas". Con las nuevas profesiones pasa algo parecido, no las conocemos y muchos no creen en ellas, pero están ahí, están naciendo y desarrollándose. Bueno, en realidad algunas ni siquiera han nacido, e irán apareciendo en los próximos meses o años.

Por eso debemos adaptarnos mientras tengamos vida laboral. Y con la clara perspectiva de que la transformación digital, de la que tan machaconamente estamos hablando en los últimos años, no consiste en inundar la empresa de ordenadores, sino en llenarla de talento. Y ese talento, joven y no tan joven, se encuentra en los caladeros donde la formación desarrolla un papel esencial.

Porque sin formación no hay futuro. Esta formación continua permitirá que no perdamos la capacidad de adquirir nuevos conocimientos y habilidades.

En mi caso, llevo treinta años formándome. Los domingos por la mañana los dedico a estudiar. Entiendo que otros salgan a tomar el aperitivo o lo que les plazca, porque cada uno tiene su opción y todas son respetables, pero yo tengo claro que o me formo cada día o pierdo el tren. La única forma que tengo de competir con los más jóvenes con posibilidades de éxito es formándome y aprovechando mi conocimiento. Ellos tienen una formación probablemente más actualizada que la mía, pero menos conocimiento de la vida.

Piensa que en un mundo que cambia tan rápidamente como en el que vivimos, no nos queda más remedio que tener un plan de formación profesional, que nos permita estar al día y evolucionar profesionalmente. Un plan que debe ser, al menos, a medio plazo. Y piensa también que formarse no consiste en hacer un máster tras otro y gastarnos un dineral. Internet nos ofrece infinidad de posibilidades para adquirir conocimientos, y casi siempre gratuitos.

Si no aprovechamos la oportunidad es porque no queremos. No valen excusas.