Dicen que la principal obligación del moderador de un evento es acabar a la hora prevista. Los asistentes tienen sus planes y les fastidia mucho llegar tarde porque ese acto se haya retrasado. Pero no es lo único, porque hay que ser capaces de lograr que el tiempo que pasen allí estén entretenidos, que no se aburran, y a ser posible que aprendan algo.

Lo primero de todo es entretener, porque si no lo logras la gente se aburrirá. Si esto ocurre lo más probable, y no es lo peor de todo, es que los asistentes se pongan a jugar con su móvil. Pero aún se puede ir a peor, porque es posible que muchos se marchen, y eso sí que es grave.

Y cuando hablo de entretener no me refiero a hacer gracias, que en ciertas circunstancias pueden estar muy bien. Me refiero a que la gente esté interesada en lo que allí se está haciendo y diciendo, que sigan con interés el evento y disfruten de él. Disfrutar del acto significa, ni más ni menos, que cumplimos con las expectativas creadas.

Piensa que la persona que asiste te está dando lo más importante que tiene y no puede recuperar, su tiempo. Tienes que ser capaz de lograr que sienta que este tiempo dedicado ha merecido la pena.

El buen moderador, si hablamos de un debate, debe ser capaz de controlar y filtrar las contribuciones de los diferentes participantes para que sea lo más útil posible, tanto para esos participantes como para los espectadores.

Y ese moderador debe dejar sus opiniones en un perchero imaginario a la entrada de la sala. No está allí para que unos ganen sobre otros, sino para que todos puedan aportar su conocimiento y opiniones.

Debe ser capaz de dirigir un debate ameno, aunque esto no siempre es posible, por dos razones. La primera, porque algunos de los que intervienen en esos debates son excesivamente aburridos. En segundo lugar, porque además de aburridos, muchos de ellos tienen demasiado ego, piensan que solo sus opiniones son importantes y por tanto intentan ocupar todo el tiempo hablando, aunque no tengan nada que decir, y sin darse cuenta de que están logrando lo contrario de lo que pretendían. Porque alguien aburrido no convence, incluso ahuyenta a los otros.

En estos casos el moderador debe intervenir, y si tiene que cortar la palabra al que está interviniendo lo hará con moderación, educación y todo el tacto que sea posible en ese momento, según las circunstancias. Si el otro no se da por aludido habrá que empezar a cortarle de una forma más ejecutiva.

Los moderadores tenemos que ser capaces de utilizar nuestro sentido común, sin censuras y facilitando que todos los ponentes puedan expresar sus ideas y opiniones libremente. Debemos hacer las preguntas adecuadas que puedan estimular el desarrollo de ese encuentro, distribuyendo el uso de la palabra de forma conveniente y limitando el tiempo de las exposiciones. Se trata de que todos tengan las mismas oportunidades de hacer sus aportaciones. Y no olvidemos que debemos estar preparados para hacer frente a los imprevistos.

Estos imprevistos suelen ser de dos tipos, aunque hay más. El más habitual son los fallos técnicos de luces y, sobre todo, micrófonos. El segundo es la aparición de espontáneos dentro del público que puede que quieran dar su opinión, ya sea porque creen que pueden aportar algo valioso o simplemente porque quieren reventar el acto.

Como ves, moderar un evento no es tan fácil.