Lo normal que es quienes organizan un evento se ocupen de todos los detalles, y uno de los principales debería ser consultar el desarrollo de todo el programa previsto con el moderador o presentador para que pueda dar su opinión antes de que esté definitivamente cerrado.

El problema suele ser que esto no se tiene en cuenta y al presentador se le contrata al final de todo el proceso, cuando ya está todo decidido y no se pueden hacer cambios. No se piensa que quien mejor conoce estos eventos es el profesional que lleva muchos a sus espaldas.

Por ejemplo, si se trata de un acto que dura todo un día donde hay diferentes ponencias y mesas redondas se debería dejar un margen entre una y otra, de unos cinco minutos, para que el presentador pueda decir algo interesante, que servirá para desengrasar todos esos conceptos que nos acaban de soltar.

Pero hay una segunda razón aún más importante. Esos cinco minutos de margen permitirán al presentador ajustar los tiempos, de tal forma que si el anterior interviniente se ha pasado unos minutos podremos adaptarnos a lo previsto, porque el presentador podrá acortar su propia intervención. Esa intervención no es para lucimiento del presentador sino para ajustar tiempos.

Recordemos que nuestra primera obligación, aunque no la más importante como presentadores o moderadores de estos actos, no es otra que terminar a la hora anunciada. Todo el mundo tiene otros compromisos previstos y ya habrá planificado su día. Así que, si se ha anunciado que finalizaremos a las ocho, tenemos que terminar a esa hora y no a las nueve ni a las siete. Un margen de diez minutos, arriba o abajo, parece más que razonable, pero no más.