Hace un par de años, un compañero de fatigas fue invitado a impartir una conferencia en una pequeña ciudad costera del este de España. Todo fue bien hasta que entró en el lugar donde se iba a celebrar el acto y notó algo extraño. No había gente. Solo una persona subida en el estrado, sentada, mirando su ordenador, y otras cuatro en la primera fila. Bueno, tampoco tenía por qué ser extraño, porque probablemente ese local tuviese más salas, donde se celebraría la conferencia.

Fue a tomar un café con el organizador, y este le contó que el día anterior el presidente de la organización de empresarios de la zona había cancelado su conferencia. Tras cancelarla informó de ello a su asistente para que comunicase a los asociados que la conferencia no se iba a celebrar. No sabemos muy bien si fue culpa de uno o de otra, pero el caso es que la comunicación que llegó a los socios por email no decía que se hubiese cancelado la conferencia, sino que se habían cancelado las jornadas. Eso explicaba que no hubiese nadie.

Con muy buena voluntad, el organizador pidió a todos los conferenciantes que hiciesen un resumen de su ponencia, como si la sala estuviese llena de público. Lo que hicieron con gusto. Resultaba algo extraño porque solo había cuatro personas en ese local, los cuatro conferenciantes que se iban turnando en el uso de la palabra. La jornada que estaba prevista para cinco horas, duró dos.

Al final, todo el mundo salió contento, no por el fracaso de público, que fue un absoluto fracaso, sino porque fueron capaces de entender la situación y no hacer leña del árbol caído; es decir, no enfadarse con el organizador, que no tenía la culpa de ese maldito email. Además, los honorarios de los conferenciantes fueron satisfechos adecuadamente.