Cuando presentas un evento lo normal es que los conferenciantes se pasen de tiempo. No calculan bien o les importa un bledo que los demás se queden con menos tiempo. Ahí es donde entra en juego la capacidad de moderación y gestión del presentador para lograr que se ajusten a lo previsto por la organización.

Por norma general, cuando presento un evento, compruebo cuánto tiempo tiene previsto cada interviniente. Me reúno con todos ellos antes del acto y les pongo las pilas.

Si tienen previsto intervenir treinta minutos les digo que por necesidades de programación lo hemos tenido que acortar a veinticinco, y les ruego que se adapten. No suelen poner problema, aunque sí hay algunas protestas que intento vencer con una sonrisa compungida. Así cuando están actuando y llevan los veinticinco minutos les hago señales para que sepan que su tiempo se ha terminado. Suelen tardar tres o cuatro minutos en finalizar, pero ya cuento con ello. Con esto me suelo garantizar que terminan a su hora.

En caso de que se pasen de tiempo intervengo y les digo que les dejo un minuto más para que puedan terminar. Si aun así no terminan, vuelvo a intervenir, con educación y firmeza, y les despido pidiendo un fuerte aplauso para ellos. Lo del aplauso permite que su enfado, porque cuando les cortas se enfadan, no sea tan grande como si les cortases sin más, ya que reciben el reconocimiento que esperaban. Pura estrategia. Claro que en ocasiones esto no funciona y hay que echar mano de otras técnicas y de la improvisación.