El otro día participé como moderador en una mesa redonda y me encontré con una situación que suele ser corriente en estos eventos. En el turno de preguntas del público hay algunos que quieren intervenir en todo momento. No les vale con hacer una pregunta, sino que quieren más protagonismo, y repreguntan una y otra vez.

El problema es que no dejan hablar ni preguntar a los demás y aquello se convierte en un infierno lleno de aburrimiento e incomodidad. Y la solución es sencilla. Cuando las azafatas se dirigen a la persona que quiere hacer la pregunta no hay que dejarle el micrófono, sino sujetarlo mientras habla. Si se lo dejamos al interviniente será mucho más difícil evitar sus repreguntas, si lo mantiene sujeto alguien de la organización, a una señal del moderador se alejará y esa persona no seguirá preguntando.

Aunque la mejor solución es que por norma, una vez que haya hecho su pregunta, la persona que sujeta el micrófono se retire sin dar opción a segundas intervenciones de esa persona.

No se trata de coartar la libertad de expresión de quien pregunta, sino de respetar la libertad de los demás a formular, también, sus propias cuestiones o comentarios.

Algo tan sencillo como no dejar el micrófono en manos del público asistente evitará situaciones indeseadas que pueden obligar al moderador a ponerse serio con esa persona para dar paso a otras.

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