Llevo años escuchando que la robótica va a robarnos muchos empleos. Y llevo años convencido de que será así. De hecho, ya está ocurriendo. Pero también es cierto que se están creando nuevos empleos, a los que solo acceden los profesionales más preparados. Al final, nuestros hijos tendrán que elegir entre formarse adecuadamente para estar listos para abordar el futuro, o hacer los peores trabajos que ningún padre o madre quiere que tengan que hacer. La diferencia entre unos y otros empleos la encontramos en la formación.

Pero, además, se están creando nuevas necesidades, porque no solo hacen falta informáticos. El Internet de las Cosas o la Inteligencia Artificial están creando una gran demanda de matemáticos, ingenieros, científicos, lingüistas, sociólogos o psicólogos, por citar algunos ejemplos.

Pensemos que los datos que se recaben por diferentes formas habrá que interpretarlos y, hoy por hoy, el ser humano es el que mejor puede hacer esa interpretación. Empezamos a vivir una edad de oro donde la ciencia y las humanidades van a ir de la mano. Pero también una edad donde la brecha entre los mejores y peores empleos se va a agrandar. Solo accederán a los buenos empleos los mejor preparados.

Serán aquellos que cumplan las expectativas de las empresas, que demandan, preferentemente, profesionales competentes, y con capacidad suficiente para adaptarse constantemente y con la mente abierta para aprender todos los días. Personas capaces de trabajar en un entorno cambiante y con agilidad para formarse en el manejo de nuevas herramientas y nuevas metodologías.

Vamos a ver a lingüistas colaborando con matemáticos en temas de inteligencia artificial, médicos trabajando con ingenieros para integrar miembros robotizados en nuestro cuerpo, o científicos y filósofos definiendo y redefiniendo las líneas de los límites éticos del progreso en esta nueva sociedad.

Esto implica una gran mezcla de las diferentes ramas del saber, que tendrán que aprender a convivir y colaborar para lograr los objetivos que se hayan marcado previamente. Estas compañías innovadoras tendrán que ser capaces de adaptarse a los nuevos tiempos y contar con profesionales cualificados, que no tienen por qué ser jóvenes.

Estamos viviendo en un tiempo en el que da la impresión de que si tienes más de cuarenta años ya eres casi incapaz de aportar valor. Pero lo cierto es que una empresa que no sea capaz de contratar a un profesional de más de cuarenta años porque le considera viejo no será capaz de innovar. Igual que se mezclan las ramas del saber, hay que mezclar las edades y los sexos.